July 31, 2018

Columna del azobispo Chaput: un tribunal supremo y el futuro de Roe

Casi dos décadas atrás, un amigo mío asistió a una conferencia en Washington, D.C. La reunión tuvo el tema de «supercomputación y la persona humana». La mayoría de los asistentes eran médicos, directivos informáticos, matemáticos, biólogos, químicos y otros científicos; algunos filósofos participaron también. Mi amigo estaba allí en nombre de la Nunciatura Apostólica; salió con tres impresiones principales.

Primera: se habló mucho acerca de supercomputación y casi nada sobre quién o qué es la persona humana. Segunda: el apodo para el cuerpo humano entre los asistentes fue “wetware” (en computación: cerebro, operador), o más crudamente, “meat puppet” (títere de carne). Tercera: cuando los participantes se dieron cuenta de que mi amigo y su esposa practicaban la PFN (Planificación Familiar Natural), estaban genuinamente fascinados, fascinados de la misma manera que Margaret Mead estudió a los isleños tribales premodernos.

La mayoría encontró desconcertante que alguien pueda tener reparos morales sobre el control de la natalidad y especialmente sobre el uso de algo tan simple como la píldora. La idea de que un matrimonio libremente decidiera evitar la intimidad sexual cuando una tecnología podría evitar la preocupación de un embarazo parecía rara; anormal; antinatural.

Por supuesto, en los años transcurridos desde esa conferencia, la cuestión de qué es y qué no es «natural» de la persona humana ha sido oscurecida por una confusión aún más básica acerca de lo que es y lo que no es humano. Para tomar un pensamiento del erudito Michael Hanby, «el dominio tecnológico del hombre [nos ha] no sólo dado la píldora [anticonceptiva] y algunos nuevos dilemas morales… [pero] también ha puesto la verdad de la persona humana –y su futuro como humano radicalmente en tela de juicio». En el espacio de unas pocas generaciones hemos pasado de ver el cuerpo humano como parte integral de nuestra identidad humana a una especie de recipiente de barro para nuestras voluntades; nuestra carne es ahora simplemente la materia prima para nuestra imaginación, nuestras ilusiones y nuestros apetitos.

El punto es este: los seres humanos somos espíritus encarnados. Nuestros cuerpos, y lo que hacemos con ellos, son integrales de lo que somos; ellos importan, porque Dios los creó, y Jesús los redimió en el Gólgota. La creación está impregnada de propósito, y nuestros cuerpos y nuestra sexualidad están ordenados para ese propósito; en otras palabras, para una nueva vida y amor, arraigados en la complementariedad de la mujer y el hombre. Nuestra carne no es moralmente neutral; no es simplemente «wetware» o carne cruda o arcilla de modelar para la voluntad, sino una revelación de la gloria de Dios que demanda reverencia y corresponsabilidad.

Esto nos hace testigos de un significado y dignidad de la persona humana que nos enfrenta al espíritu de nuestra época, una época perfectamente capturada por la decisión de 1973 de la Corte Suprema, Roe v. Wade, y su licencia para matar al no nacido. La guerra civil cultural desencadenada por Roe y su sacralización del aborto permisivo nunca ha disminuido, y continúa con toda su fuerza (y con razón) hoy. Los riesgos son altos. Sin un derecho garantizado a la vida —el derecho que incluye y reconoce la humanidad del niño por nacer– todos los demás derechos son ficciones legales.

Como era de esperar, tan pronto como Anthony Kennedy, magistrado de la Corte Suprema, anunció su retiro a principios de este verano, los grupos proaborto comenzaron a presionar al Senado de Estados Unidos para que rechazara cualquier candidato que pudiera cuestionar u oponerse a Roe v. Wade. La ironía aquí es exquisita.

En elecciones pasadas, los defensores del aborto piadosamente sermoneaban a los católicos  para que evitaran que el tema del aborto fuera una «prueba de fuego» al rechazar candidatos para el cargo. Ahora —no es de extrañar— muchos de los mismos defensores del aborto están haciendo exactamente lo que nos advirtieron que no hiciéramos: hacer del aborto una prueba de fuego para rechazar a los nominados para la Corte Suprema; el doble estándar es obvio. Necesitamos ponernos en contacto con los dos senadores estadounidenses de nuestra comunidad (Robert Casey, Jr. y Patrick Toomey) y exhortarlos a resistir esas presiones; e igual de importante, tenemos que orar.

Cada viernes, del 3 de agosto al 28 de septiembre del 2018, la Iglesia pide a los católicos estadounidenses a unirse en un esfuerzo de nueve semanas de oración, de ayuno y de educación para que un cambio en la Corte Suprema de Estados Unidos avance nuestra nación hacia el día en que cada ser humano esté protegido en la ley bienvenido a la vida.

Como parte de “Call to Prayer” (llamada a la oración), los participantes pueden recibir recordatorios de oración semanal por mensaje de texto o correo electrónico. Además del ayuno los viernes, a los participantes se les animará a rezar un padrenuestro, un avemaría y un gloria por esta intención y recibirán datos importantes sobre cómo Roe no es cuidado de la salud, es una mala ley y desvalora a las mujeres.

Insto a todos los católicos en toda la zona de Greater Philadelphia para inscribirse en www.usccb.org/pray para este esfuerzo y para continuar la iniciativa Call to Prayer, la llamada permanente a las iniciativas de oración. La elección del próximo magistrado del Tribunal Supremo de la nación tendrá un impacto extraordinario en el rumbo futuro de nuestra cultura. Tenemos que hacer todo que lo posible para garantizar que la elección sea correcta.

El senador Casey puede ser contactado en 393 Russell Senate Office Building, Washington, DC 20510, (202) 224-6324. El senador Toomey puede ser contactado en 248 Russell Senate Office Building Washington, DC 20510, (202) 224-4254, (202) 224-4254. Los dos también puede ser contactado a través de Pennsylvania Catholic Conference en  https://www.pacatholic.org/resources/contact-elected-officials/

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Nota del editor: Las columnas se publicarán cada semana en www.CatholicPhilly.com y también se puede encontrar en http://archphila.org/archbishop-chaput/statements/statements.php

 

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Jhoselyn Martinez
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